Todos se juntan para ver lo que pasó. Pasa el heladero y aprovecha a vender algunos.

 

Andrés Caro Berta

 

Pertenece al libro Adrenalina Montevideanis (Nada será igual) Ed. Abrelabios. Montevideo. 1997

 

Sucede que el tipo va a cruzar la calle, por la esquina, pero sin mirar; pasa un auto y lo pisa, lo aplasta. El hombre queda en la calle y el auto para unos metros más allá. El golpe provoca que se junte gente que mira, opina, discute, pregunta. El tipo en el suelo. ¿Qué tendrá? Unos piden, al aire, un médico. "Que traigan un médico", dicen. Otros, que paren a un auto. "Que paren a un auto", dicen. Un grupo se divide en dos, culpando a uno y a otro. El automovilista se agarra la cabeza: "Me meten en cana", piensa. El tipo sigue en el piso. En eso, casualmente pasa un heladero. Se acerca velozmente con su carrito, pregunta qué pasó y medio bajito empieza a ofrecer sus helados. Los chiquilines son los primeros que le compran. Como en un escenario circular, todos están a cierta distancia, alrededor de un hueco donde permanecen el hombre tirado en el piso, el auto y su conductor. Una madre pierde al nene por estar conversando con la vecina sobre lo que pasó. Lo busca. "¡Nene!", grita. Lo encuentra. "¡Imbécil! -le dice- ¡No te dije que no te salgas de al lado mío". Le da una paliza. El nene llora. Un hombre la mira y le dice: "Afloje, doña". Y ella: "Usted se calla la boca, estúpido". "Estúpida su madre", le contesta él. Y se van a pelear cuando alguien cuenta que ya llamaron a la ambulancia, y la atención se centra de nuevo en medio de la calle. Dos enamorados se apretujan al ver al tipo tirado en la calle, arriba de un charco de sangre que comienza a crecer. Ella tapa su boca en el pecho de él, dando grititos, y el muchacho la abraza y la besa, y la abraza y la besa consolándola. El dueño del auto, recuperado del susto, y al ver que el tipo está vivo, mira los daños y se calienta. Agarra de interlocutor a uno que está a su lado: "¿Usted vio lo que hizo? Mire, mire cómo dejó la carrocería". El otro asevera y agrega su visión del accidente. Se arma una tertulia, hasta que son interrumpidos por un policía que vino caminando desde la Seccional. "Permiso, permiso". Se siente un clima de nerviosismo. Todos intentan rodear al policía y al dueño del auto. Ahí conocerán los detalles oficiales de lo ocurrido. El hombre tirado en la calle permanece en silencio. Pero cuando el guardia civil pregunta quién vio algo y quiere salir de testigo, todos toman distancia. Se ponen bien lejos. "Parece mentira lo que demora la ambulancia", dice una mujer mayor desde un balcón mientras saborea un mate amargo. Uno escucha, con una oreja, la radio y, con la otra, lo que pasa a su lado. Vienen de un canal de televisión. Se baja el camarógrafo y apunta la cámara lo más cerca que puede al hombre tirado en la calle, mientras el reportero se agacha y le pregunta cómo se siente. Los chiquilines atrás hacen morisquetas y saludan riendo a la cámara. Varios vecinos se empujan para contar lo ocurrido. Viene un patrullero. Cortan el tránsito. Empujan tres policías a la gente hacia las veredas. Sin mucho éxito. Ni mucha pasión. De reojo ven al herido que permanece tirado en la calle. "Oh, ah, pobre", dicen los vecinos a la cámara del canal de televisión. Se siente una ambulancia a lo lejos. "La ambulancia" dicen varios. Una mujer insiste en reclamar por una vereda rota que el intendente podría arreglar, si sale la noticia por el informativo. Llega la ambulancia. Se bajan el médico y el enfermero. Rodean al herido. Todos corren y observan cómo le cortan el pantalón: "Nena, no mires que quedó desnudo". Y ven cómo tratan de salvarlo. En el bar de la esquina se armó la discusión. Va desde el tiempo que demoró la ambulancia hasta cómo cruzaba la calle, pasando por la velocidad del conductor y lo tranquilo que es el barrio, a pesar de todo. Un policía pide un cigarrillo a un vecino. Los de la ambulancia suben al herido en una camilla. Está muerto. Los vecinos se enteran a través de don Carlos que, desde el costado de la ambulancia, observó atentamente lo que decían el médico y el enfermero, mientras sostenía firmemente -en el brazo izquierdo- el termo y el mate. "¡Está muerto, está muerto!", dice cruzando la calle. Una vecina con ruleros le dice a otra, que permanece con una escoba como bastón: "Dice que está muerto". La otra reponde: "Pooooobre". Se va la ambulancia. Una mujer que se había enterado tarde le comenta a su amiga: "Bueno, suerte que se lo llevaron, se me quema la comida". Todos se van yendo, incluso el heladero. El conductor del auto que atropelló al tipo se ofrece para llevar al único policía que permanece ahí. Este acepta. Así, el dueño del auto aprovecha para hacer los trámites en la comisaría. "De acuerdo", le dice el otro. Sólo permanece la sangre coagulada sobre la calle. En poco rato, el pasar de los autos la diluye.

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