¿Por qué tenía que ocurrir eso cuando todo estaba pronto para esta empresa familiar al servicio de la mujer?

 

Perteneciente al libro Adrenalina Montevideanis (Nada será igual)  Ed. Abrelabios. Montevideo.1997

 

Andrés Caro Berta

 

Pelo rizado. Pinta de gigoló. Martín caminaba lentamente por entre las abarrotadas mesas de la confitería repartiendo, con una sonrisita cómplice, una pequeña tarjeta, muy discreta, que decía "Martín M. Una empresa familiar dedicada al cuidado de la mujer". El autor del publicitario texto, claro, no había sido otro que él mismo a la búsqueda de un ingreso que le permitiera dedicarse a las dos cosas que más quería: las relaciones sexuales y la buena vida.

 

La cosa venía bien preparada. Había conseguido un teléfono en lo de la madre, quien se ponía contenta con los pesitos que iba a hacer el nene.

 

Tenía un catálogo, traído de contrabando, con diversas perversiones para que las clientas pudieran elegir. El primo le había prestado unos discos y cassettes "especiales". Una tía le confeccionó varios slips muy originales y atractivos. Del abuelo aprendió viejas técnicas amatorias de Bologna, ya casi desconocidas. La abuela colaboró con lo que a las señoras les gustaría más, y lo que no había que hacer. Alberto, el primo segundo, le diseñó un extravagante dormitorio que lo construyó Juan Carlos, tío político. El otro abuelo, aunque ya medio lelo recordó, en un momento de lucidez, los puntos del cuerpo que, con los dedos haciendo presión, provocaban verdaderos incendios de pasión. Analía, su hermana, preparó una crema inventada por la ya desaparecida tía abuela Matilde para mantener erecta el arma de trabajo de Martín, por varias horas. Artemio, otro tío, experto cocinero en barcos chinos, se comprometió a realizar los mayores platos afrodisíacos que se pudieran imaginar.

 

Y faltaba decir que un pariente de Buenos Aires, por parte de la madre, fue el que confeccionó las discretas tarjetas que Martín depositaba esa noche en cada mesa.

 

Cuando llevaba repartiendo unas cincuenta, una mano se prendió de su pene de una forma tan brutal que provocó la ruina del negocio familiar.

 

Esa mano pertenecía a Lucía, la hermana mayor, que no había sido tenida en cuenta para integrar la empresa.

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