El encuentro entre la tribu de los hombres salados, los Sal \' dems y un extraño individuo, hecho que fue rescatado del olvido por el Fray Benedicto.

 

 

 

Andrés Caro Berta (*)

 

 En el desierto de Karandakar, al Sur del País de los Truenos, habitaba una miserable tribu de Hombres Salados. En su lengua se llamaban "Sal 'i' dems". La vida en el desierto era terrible. Los vientos que lo cruzaban parecían enormes e invisibles trompetas que horadaban los oídos con notas lastimeras y agudas.

 

Estos hombres se caracterizaban por sostener, en sus cabezas, bolsitas cargadas de sal que caían sobre sus orejas y que filtraban el aire que llegaba a ellas. Decían que así podían captar sonidos que se producían a muchísima distancia. Es por eso que también se los conocía como "El pueblo de los Oídos Filtrados".

Eran  seres solitarios. Difícilmente el extranjero pudiera tener contacto con ellos. Se ha contado desde siempre que, cuando eran un pueblo importante, se permitían eliminar a todo aquel individuo que les hablara sin que ellos lo hubieran autorizado.

 

Las últimas referencias que se tienen son de 1912. Un grupo de misioneros franceses, por ese entonces, se dirigió al Desierto de Karandakar para conocer una leyenda muy antigua, y pudo realizar un somero recuento de datos antes de ser diezmado por los últimos Sal 'i' dems. Fray Benedicto fue el que, al ser el único sobreviviente, logró balbucear la información a un mercante turco, el que trasladó lo dicho por el maltrecho hombre a las autoridades de la Iglesia de Kurtissan. Estos padres fueron en peregrinación hasta el Vaticano con la ilusión de ser recibidos por el Papa, pero éste los acusó de herejes y ordenó depositar la información en una parte oscura de la Biblioteca Vaticana.

 

Lo que sigue es lo que se pudo rescatar de lo narrado por fray Benedicto, antes que los padres de Kurtissan fueran silenciados.

 

La Tribu de los Hombres Salados contaba, al ser visitada por los misioneros franceses, con aproximadamente cincuenta hombres mayores, unas veinte mujeres y quince niños. Las mujeres cumplían muchas funciones: eran encomendadas desde pequeñas como compañeras sexuales de la tribu. Las "Karcaramichis" además, tejían las ropas de todos, cumplían con la función de reproducción y crianza de los niños y, a determinada edad, calculada entre los treinta y treinta y cinco años (la edad promedio de vida se calculaba entre cuarenta y cuarenta y cinco años) pasaban a formar parte del Consejo de Ancianos ("Armi(k)ta"), junto a los hombres elegidos para esa función. Los varones eran eminentemente cazadores. La antropofagia formaba parte  de sus costumbres y creencias. Los niños varones, a la edad de ocho años, eran iniciados en las artes guerreras y acompañaban a sus mayores en las expediciones que se hacían cada vez más prolongadas, ya que los animales a ser cazados se encontraban cada vez a mayor distancia. Las niñas, a los once años, eran bendecidas con gotas de agua salada, la que se consideraba sagrada. Caso raro en la humanidad, la menstruación era tomada como símbolo de buena augurio ("Rataprá- rataprá") y durante treinta lunas eran designadas dichas niñas como Reinas del Pueblo ("Sal 'i' dine").

 

Según los datos recabados por los misioneros franceses, los Hombres Salados se llamaron así en honor a un hombre que llegó al poblado, muchos siglos atrás, el que se sentó enigmáticamente en el centro del lugar sin hablar con nadie, lo que le permitió sobrevivir, y que derramó un amargo llanto. Los ancianos se le habían acercado intrigados y cautelosos, y entonces él había extendido sus manos empapadas de lágrimas, para que los hombres y las mujeres las tocaran. Es así que, según cuenta la leyenda, el mensaje fue captado, siendo llamada la Primera Reina ("Sal 'i' DINA A") la elegida entre diez niñas que estaban menstruando por primera vez, la que entró en contacto con las palmas del extraño visitante. Tocó las lágrimas, se las llevó a la boca  y las encontró saladas.

 

El extraño, que vestía una túnica harapienta, parecía –por sus modales- integrante de una familia noble de las Grandes Ciudades. Era alto, con cabellos y barba muy largos. Durante la ceremonia permaneció callado.

 

Cuando todos hubieron probado las lágrimas saladas y comprobaron que eran puras y no producían dolor de barriga, ni vómitos, hicieron un círculo (signo de valoración) alrededor de él.

 

El hombre permaneció dos años viviendo con ellos. Durante ese tiempo pocas palabras fueron arrancadas al extraño visitante. Los fragmentos rescatados del olvido (ya no existe la tribu como tal, y además su transmisión fue oral porque no conocían la escritura) hacen suponer la presencia de alguien fugado. Y antes, torturado. Las muñecas y los tobillos, se decía, estaban lacerados. La frente tenía signos de haber llevado una corona de espinas. Nunca habría contado su pasado, pero se decía que dibujaba en el terreno arenoso extrañas escenas que luego borraba. Ese hombre estaba acabado. Se quedaba por horas mirando el sol, olvidándose incluso de dormir, orinar, comer, tomar. Y en esos momentos derramada lágrimas de sal.

 

A todos impactaba una herida que tenía en uno de los costados, provocada por una lanza o algo parecido.

 

Una vez se puso colérico y rompió mucha vegetación, lo cual era un pecado mortal entre la Tribu de los Hombres Salados.

 

Por ello fue sentenciado a muerte. Le hicieron llorar mucho para sacarle la mayor cantidad de lágrimas saladas y, cuando quedó seco, lo mataron. Y como, a pesar del daño terrible que había cometido, era muy querido, lo asaron y repartieron las distintas partes de su cuerpo, para incorporarlo. Las crónicas de los últimos Hombres Salados señalaban que todos comían y lloraban. No de angustia, sino en comunión con quien les daba su cuerpo.

 

(*) Texto perteneciente al libro de cuentos: "Adrenalina Montevideanis (Nada será igual)" Ed. Abrelabios. Montevideo. 1997

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