Ahora se puede leer completa, también en este sitio esta novela sobre el detective Marlowe y quizás su última aventura, en Montevideo.

 

Autor: Andrés Caro Berta

 

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Montevideo - Uruguay

2006

Edición Especial de la Editorial cAsa Virtual

de la cAsa de los Escritores del Uruguay

 

 

También se puede leer en www.casaescritoresu.com 

 

 

PRIMERA PARTE

 

 

PRÓLOGO DE ÁNGELA CÁCERES

(ESCRITORA, SANADORA, COMUNICADORA, AMIGA)

 

 

Andrés - Marlowe

Marlowe - Andrés

 

 

    ¿Te acordás, Andrés, que tu mamá me restauró una preciosa porcelana china? Hizo un trabajo impecable y era casi imposible percibir la fisura. Así, románticos y un tanto quijotescos, hemos seguido adelante con alguna herida cerrada. Y...a pesar del sostenido entusiasmo....bien disimulada, la herida está. Así nos reconocemos entre nosotros y así, también, no es extraño que seamos devotos de un arquetípico desencantado pero firme en su ideal como el detective Philip Marlowe. Su creador, Raymond Chandler, nacido en Estados Unidos pero educado en Gran Bretaña con un mentor muy caballeresco...al ponerse a escribir novelas policiales dio un doble salto. Se salió del viejo círculo de los complicados enigmas tradicionales, de los acertijos relacionados con sofisticados homicidios y se convirtió en uno de los creadores de la Novela Policial Negra, extendiendo una profunda mirada crítica a su entorno social, a ciertas instituciones norteamericanas ya corruptas. El otro salto fue elevarse con su propia criatura, el detective solitario, inevitablemente mal visto por la policía y absolutamente fiel a su conciencia, a la justicia y, sobre todo, a la verdad. En la novela Play back, una mujer, atraída por Marlowe, le dice: "¿Cómo puede ser tan duro un hombre tan tierno?" La respuesta de él es..."Si no fuera duro no estaría vivo; si no fuera tierno...no merecería estarlo". Algunos salvan el pellejo a costa del corazón, otros conservan el corazón a costa del pellejo. Marlowe mantiene un equilibrio casi impecable....hasta que mi amigo Andrés se hace cargo de él, de su última aventura....en una ciudad engualichada y con la suficiente melancolía como para convertirse en el escenario de su final.

   Querido Andrés, a quien tanto quiero y admiro por tu creatividad y persistencia (te he visto realizar emprendimientos magníficos, aun más allá de la literatura, pero todos comprometidos con el cuerpo y el alma) ¿cómo no te ibas a dejar encantar con la idea de un Marlowe envejecido, ya fenecido su creador, marchito el cordón umbilical, pero vulnerable como siempre  al eterno femenino, la rubia platinada y misteriosa o la pelirroja ardiente? Te aplaudo, Andrés. Has recreado el clásico entorno y los hábitos del detective, dejando sentir el paso del tiempo, pero nos lo devuelves con su mente activa y su curiosidad intacta, así como con un corazón deseoso de entregarse al fin. Aprecio especialmente el pulso narrativo de tu novela, el cuidado que has puesto en darle vida al año elegido para la acción: el Montevideo que recibe e intriga a tu Marlowe, es creíble, se identifica claramente con el final de una década donde muchas muertes coinciden.  Marlowe, con un gatillo inusualmente fácil, se la hace muy difícil a un enjambre de matones de todo pelo y marca, hasta que su corazón romántico le juega  la mala pasada ya anunciada y… Marlowe se muere en Montevideo. Te doy las gracias, Andrés.

 

                                                                      Ángela Cáceres

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

(Para leer antes, después o nunca)

 

Todo empezó con la muerte del esposo de mi madre.

Anticuario, poseía entre tantas cosas, un cajón  lleno de libros viejos. 

Mi madre me los ofreció para que eligiese los que quisiera.

Entre ellos, uno me llamó la atención. 

Editado en papel biblia, con tapas rojas, acanaladas, prometía "Novelas escogidas" de Raymond Chandler. (Editorial Aguiar)

Así entró Philip Marlowe en mi vida., de la mano del caballero inglés.

Me fasciné inmediatamente con  "El sueño eterno", "¡Adiós para siempre, preciosidad!", "La ventana alta", "La hermanita" y "El largo adiós" (tales los títulos arbitrariamente traducidos)

Y en esos relatos, encontré a quien pasó a ser un amigo inseparable, el terco y romántico detective Philip Marlowe. 

Además, tomó sentido de unidad para mí el llamado "policial negro", un género literario y cinematográfico, bastardo y contestatario.

Luego vinieron (a través de obsesivas búsquedas en todas las librerías en las que entré) títulos como "Play Back" en la que el autor juega con la idea de llevar al matrimonio al detective, "La historia de Poodle Springs" donde Chandler en su última historia finalmente casa a Marlowe y al dejarla incompleta, permite sin llegar a saberlo (tras su muerte en 1959) que un admirador como Robert B. Parker la complete, "La dama del lago", los cuentos cortos previos a la construcción de Marlowe, como "Viento rojo", "La violencia es mi negocio", "Estaré esperando", "Las perlas son una molestia", "Tiroteo en el Club Cyrano", "El denunciante", "El rey del amarillo", "Tristezas de Bay City", entre otros, que luego canibalizó (como gustaba decir) dentro de sus grandes relatos. 

Además, claro, el estupendo ensayo "El arte de matar"…

Por supuesto que también disfruté con otros autores como Osvaldo Soriano ("Triste, solitario y final"), Robert B. Parker con su "ceremonia" (que prolonga a Marlowe en su personaje Spenser), Sam J. Cospell / Alfredo García planteando un disparatado "Dios no tiene coartada" con el detective MacPérez, e  de Hiber Conteris, y el "10% de tu vida" entre tantos otros.

Finalmente apareció sorpresivamente un ejemplar que me dejó boquiabierto. "El Philip Marlowe de Raymond Chandler" (Plaza & Janes), una antología de veintitrés autores que escriben con motivo del centenario del nacimiento de Chandler, en 1988.

Dividido el libro en tres partes: Los años treinta, los años cuarenta, los años cincuenta, va  contando distintos momentos de Marlowe desde 1935 a 1957, culminando todo con "El lápiz" del propio Chandler que escribió en 1958 entre "Play Back" y la novela inconclusa "La historia de Poodle Springs" antes de morir.

Terminar de leer este libro donde se homenajea a Chandler y a Marlowe, y ponerme a escribir esta novela corta fue todo uno.

 

 

En "Marlowe murió en Montevideo" el amado detective, ya viejo, encuentra un ángel que ingresa a su escritorio y que le pide sus servicios para que vaya  a la capital del Uruguay  a resolver un extraño caso familiar. Es 1957. Enamorado de dicha muchacha de ese país con nombre tan extraño, emprende un viaje a un lugar desconocido que quizás sea el último de su vida.

Mientras camina por la avenida principal, 18 de Julio, se topa con un niño y su madre que ingresan al Cine Polvorín. Ese niño soy yo.

 

 

UNO

 

 

Todo comenzó  siete meses atrás, en Los Ángeles.

Sentado en la silla que me correspondía, detrás del escritorio en mi viejo despacho, jugando una partida de ajedrez y a punto de hacerme Jaque Mate, sentí los pasos en el corredor.

Acostumbrado a reaccionar ante situaciones imprevistas  salté, dejé el tablero en la mesita, traté de aplastar (sin suerte) unos pelos que se esforzaban en dirigirse  hacia todos lados, tapé la petaca escondiéndola en el piso y palpé a mi amiga, en el cajón del escritorio. Lo dejé entreabierto y esperé. 

Eran pasos cortos. De mujer. Tacos altos. La persona se detuvo en la oficina de al lado y esperó, lo que me desconcertó ya que hacía como dos meses que el viejo Joe tuvo que irse porque ya no le daba ni para pagar el alquiler. 

Seguí esperando sin mover un músculo. Ello es parte  de mi profesión... 

A los pocos segundos, unos pasos frágiles, débiles, nerviosos, delicados, fueron acercándose finalmente a mi despacho. 

Entonces  pude observar borrosamente la figura de una dama  que no sabía  si golpear o irse rápidamente.

El vidrio esmerilado me devolvía su silueta. Ayudándola, grité: "Pase, está abierto".  Eso la decidió...

Yo estaba tenso. Nunca se sabe. Toqué la punta del cajón superior del escritorio con el dedo chico, lo traje un poco más hacia mí y apoyé la mano sobre la pistola.

Cuando abrió la puerta, me puse a sudar. 

Me encontré con el ser más hermoso de toda mi vida. 

La luz tenue (por mugrienta) del corredor, marcaba su contorno. La lamparita del techo permitía que la observara más detalladamente...

Debo confesar que inmediatamente me enamoré perdidamente de quien tenía enfrente. Vestía una chaquetita dos talles menos de lo que pedía ese cuerpo, marcándole una deliciosa cintura de avispa, y resaltando dos cerros que liberados deberían ser colinas. La complementaba con una pollera que se le ajustaba peligrosamente a las caderas y piernas. Estas se dejaban ver a la altura de las rodillas y mostraban unas delicadísimas pantorrillas. Todo ese envase se sostenía en unos zapatos de tacos demasiado finos. Alguien me dijo algún día que se llaman "de aguja".

Con el codo derecho sostenía nerviosamente una carterita, tapada en parte por dos manos muy pequeñas, cubiertas por unos guantes de seda de color carne.

Su rostro estaba coronado por un sombrerito que parecía perderse en una maraña de pelo rubio que enmarcaba a unos ojos azules, una nariz muy pequeña y unos labios cupido que invitaban a que los besaras.

Yo habitualmente les digo a los clientes remisos en entrar, alguna grosería de esas que me salen sin pensar, pero esta vez quedé con la boca abierta. La pipa se me cayó de entre los labios, y sentí (sin poder hacer nada) su sonido al chocar con las piezas de ajedrez, lo que debo reconocer, no me hizo ninguna gracia. Pero, igualmente, a pesar del desastre, no pude apartar mi vista de ese ángel que el destino había puesto frente a mí.

Ella tuvo que haberlo captado ya que haciendo mohínos, bajó los ojos ruborizándose y sonrió levemente, mientras decía - Eh... Disculpe... Busco a un señor... - sacó un papelito ¿Marlowe?... 

-Bingo- le contesté- ¡Soy yo!- y reconocí  enseguida que me había atropellado al decirlo; no pude controlarme, lo cual me enojó mucho porque, caramba, hace ya muchos años, demasiados, que pasé esa etapa, y porque... no era la primera vez que entraba a mi despacho una mujer bonita... ¡Pero, tan bonita!....

Algo en mi pecho insistía en decirme que me buscaba por mi profesión de detective, pero también algo muy dentro mío sostenía la ilusión de creer que venía por mí, sólo por mí...

Me preguntaba cómo podía caminar esa mujer, con una pollera que le ajustaba tanto las caderas y la parte superior de esas magníficas piernas, las que merecían estar aseguradas como aquellas  de Marlene Dietrich.

Sacó un pañuelo de la carterita y lo pasó por debajo de sus ojos, y yo quise ser ese trozo de paño, para rozar su rostro al menos una vez.

Ella, estoy seguro, se dio cuenta de mis pensamientos porque enrojeció, aunque sostuvo su mirada en la mía y permaneció parada debajo del marco de la puerta sin saber qué hacer...

Yo tampoco sabía qué hacer. Pero me tocaba a mí  decir algo, destrabar la situación... Murmuré con apenas un hilo de voz que abandonara la puerta, ya que por ahora no iban a haber más terremotos (lo cual le causó gracia), que se acercara y se sentara en una de las destartaladas sillas que estaban frente a mi escritorio, que para eso las había comprado. Y sacando fuerzas no sé de dónde, pude expresarle, traicionándome a mí mismo -¡Qué hermosa que es usted!

-¡Sr. Marlowe!- Me miró con los ojos entrecerrados  -Empezamos mal.

-Disculpe- farfullé y asumiendo un aire de hombre de mundo, busqué mi pipa, desparramando en el intento, más piezas del ajedrez.

 

 

Una vez, Lilly, la mesera del restaurante de la esquina me había dicho al dejarme el café en la mesa, y mientras me mostraba generosamente sus hermosos pechos bajo mis sufridos ojos: "Lo que pasa, Marlowe, es que tú  estás enamorado del Amor", lo cual en ese momento me dio mucho fastidio, porque intuí que podía ser cierto.

 

 

Recordé esa frase y tuve un gesto involuntario en mi rostro. Cuando llené la chimenea portátil, pasé el fósforo de cera por la suela del zapato y  comencé a prender el tabaco; mientras hacía humo, apretaba los dientes contra la madera y trataba de serenarme. -De Holanda... - le dije- chocolate... Un amigo me lo... Bah, no importa...

La joven caída del cielo, bueno, es un decir, me miraba extrañada. Su rostro era perfecto. Inocente. Perverso. Seductor. Aniñado. Sus manos estaban apoyadas en el vientre  mientras las piernas permanecían juntas, aunque captaba un cierto nerviosismo en todo su cuerpo.

-Verá, señor Marlowe, esto no es lo habitual para mí. No acostumbro venir a oficinas... oscuras, lejos del Centro, recorriendo barrios no muy recomendables, para ver hombres solos... Usted. espero que entienda que si vengo hasta aquí, es porque...

-No se justifique... -carraspeé- Sepa disculparme. Debe aceptar que es una hermosa mujer y...

-Usted  parece un caballero, señor Marlowe. Pero me traen cosas muy urgentes que necesito resolver, y me han hablado muy bien de su trabajo...

"Eres un imbécil - me dije en silencio- Las mujeres bonitas no vienen a la puerta de tu despacho para decirte cuánto te aman..."

-Por favor- le señalé derrotado -Cuando quiera comience a contarme qué la trae hasta acá - frases de cortesía, vomitadas mientras me deshacía por dentro.

-Bien... Me llamo Ana María. Y vengo desde muy lejos buscando a alguien que me ayude...

-¿De dónde viene?

-De Uruguay...

-¿De dónde? ¿Qué es eso? ¿Una fruta tropical?- pregunté como un estúpido.

-No, señor Marlowe... Es un país... Es mí país... 

-Uruguay... (Traté de recordar) ¿Dónde queda? ¿En la frontera con Costa Rica?

- No, no... (Se sonrió y mostró unos dientes hermosos)... Sus fronteras son con Brasil y Argentina...

- ¡Ah! Carmen Miranda y el tango -dije orgulloso de saber la respuesta- Paraguay... Usted  quiso decir: Paraguay...

-No, señor Marlowe... Un poco más lejos... - Lamenté  mi ignorancia, y  la forma de expresarme...

-No importa... -se adelantó- Me pasa muy seguido... 

-Pero, no entiendo, señorita...

-Ana María...

-Ana María... Dice que vino de tan lejos...  ¿para verme...? 

 -No, no, no es tan así... ¿Usted  cree en el destino, Sr. Marlowe? 

¿Cómo explicarle que acababa de hacerme devoto del destino, en ese momento...? 

-Claro -respondí- pero quisiera más detalles.

La joven dejó esa actitud de mujer de mundo, y de un momento a otro  se transformó en una adolescente, una deliciosa adolescente que acercó la silla al escritorio, dejó la carterita en el otro asiento y apoyó sus brazos encima de un montón de papeles polvorientos que esperaban  pacientemente que yo algún día los tocara. Quedó mirándome más fijamente que nunca, mientras su cuerpo se iba hacia delante, es decir, hacia mí.

-Yo vengo de un país que dicen que es muy chiquito -acompañaba sus palabras con los movimientos más tiernos que uno pueda imaginar- Pero hace un tiempo que estoy en el suyo, en un pueblito cercano a Los Ángeles...

-¿Y... qué es lo que está haciendo...?

-Estoy disfrutando de una beca. ¿Sabe cómo es? Yo vengo y un estudiante de su país  va al mío por lo mismo, durante  un tiempo.

-Claro, claro -murmuré, aunque recién me enteraba.

-Estoy estudiando traductorado, y vivo en la casa de una familia adorable llamada Smith... Pero no es éste el tema. Ocurre que el dueño de casa, una noche en la que cenábamos, me habló de Ud.... 

Traté de pensar en algún Smith, pero me vino la certeza de que es un apellido muy conocido porque se me pasaron como cuatrocientos Smith por mi cabeza, hasta el nombre de mi pistola...

-Vine hasta aquí, señor Marlowe, porque acabo de recibir una carta de Montevideo...

-¿De dónde?

-Disculpe... Montevideo, la capital de mi país, la ciudad donde vivo...

-Ah, de acuerdo... Continúe, por favor...

-Y en esa carta... -La miré y sentí que se quebraba- me dicen que Juanita, mi hermana... se murió...

Iba a decir "lo siento mucho", pero algo me hizo permanecer alerta. Tras cada minuto trascurrido entendía menos. En este negocio se escuchan muchas cosas, a cual de ellas más insólita. Como si se hicieran concursos para sorprenderme. Pero esta vez no me importaba. Me parecía lejano lo que contaba, pero con tal de que siguiera hablando y permaneciera frente a mí, soportaba cualquier cosa.

-Y le juro, Marlowe, le juro... -Y ahí volvió a poner el pañuelito (que ahora vi que tenía un bordado en sus costados), debajo de unos ojos llorosos- Le juro que eso, no es posible...

En un tono paternal, fingí interés y también corrí mi silla hacia ella y me apoyé en el escritorio, logrando estar más cerca de su rostro- ¿Por? A veces no aceptamos la muerte de los seres queridos...

-No lo acepto, Sr. Marlowe, porque yo nunca tuve una hermana que se llamara Juanita.

Quedé sin palabras. Si buscaba impactarme, como cuando Billy, el boxeador, me la pegó tan bien en el mentón que me noqueó, lo logró.

-¿Cómo? -le dije.

-Sí... Así como lo escucha... Yo no tengo hermanas... ni hermanos... Soy hija única. Y mi familia está compuesta por una abuela y un tío que fueron los que me apoyaron en este viaje. Y ahora ellos me piden que vuelva urgente, y tengo mucho miedo, Marlowe porque no comprendo  lo que está pasando allá...

Y se puso a llorar.

Esos llantos que te angustian, porque son para adentro. Me enternecí. Pero estoy muy acostumbrado a ver más allá de lo que hay frente mío, por lo que en un movimiento reflejo toqué el cajón del escritorio comprobando si permanecía ahí mi pistola; me eché  para atrás, y con el mayor tono profesional que pude adquirir en un segundo, le dije- No entiendo.- Y era verdad. No entendía nada.

-¿Me va a ayudar?

No supe qué decir... ¿Cómo? ¿Viajando? ¿Hablando por teléfono?

-¿Por qué no va a la Embajada?

-No, no... Sospecho que puede ser peligroso... Algo pasa, Señor Marlowe, algo pasa... Esto es una trampa... ¿Pero, por qué? 

-No quisiera... que le pasara nada, pero... - El viejo Marlowe se estaba deshielando. Mala señal- Pero... ¿qué puedo hacer yo?

-Ayudarme... 

Esta chica sí que sabía descolocarme...

 

 

DOS

 

 

- Café bien negro, por favor... - murmuré apoyándome pesadamente sobre la barra del bar. Era un lugar que no conocía, la cara del tipo no me caía bien y yo estaba de mal humor, así que decidí no hacer ningún chiste con cafés y jugos de paraguas, al menos por el momento. Estaba confundido. ¿Uruguay? ¿Puede haber algún país que se llame Uruguay? Saqué el cigarrillo del bolsillo derecho del saco arrugado y lo llevé lentamente a la boca, mientras mi mirada se apoyaba en mi propio rostro reflejado en el inmenso espejo que tenía enfrente. Uruguay. Sonaba lindo. Pero, la capital... ¿Monte cuánto? Con un dedo empujé el sombrero hacia atrás y me dispuse a poner el azúcar en terrones dentro de ese brebaje oscuro y espumoso que el encargado había depositado desganadamente cerca de mí.  Le iba a decir algo pero opté por estirar la mano y acercarlo. Era muy temprano y me dolía la cabeza. Uruguay... Sud América... Sud América es... Colombia... Cuba... México... Ah, Nicaragua... Guatemala... Claro, también Brasil... Pero... más abajo... ¿Hay países?... Yo sé de matones torpes que antes habían sido boxeadores, de policías corruptos que antes habían sido honestos, y de morochas explosivas en la cama que antes habían sido santas... pero, de países... Y de América del Sur... Uruguay... Me empezaba a gustar el nombre... ¿Y los indios?... Ese ángel que había caído en mi escritorio, me había contratado... y yo, sólo mirando su rostro le dije que sí... 

-Sí...- saltó el pensamiento en voz  alta- Me contrató. 

Miré al encargado que se afanaba en sacarle más brillo a la copa, y le quise decir que se podía gastar, pero opté por callarme... Debía guardar los chistes para más adelante, porque todo parecía que se iba a complicar... ¿Tendría que viajar?... A mí los aviones no me gustan mucho. Prefiero la carretera... Y si me apuran, no lejos de Los Ángeles... Pero, a un lugar tan lejano... Revolví el azúcar que se había depositado en el fondo del pocillo y acepté que debía informarme sobre ese país. No quedaba otra que ir a la Biblioteca Pública... O a la Embajada, o el Consulado... Pero, una que no sabía ni dónde quedaban, y otra que podía levantar sospechas... Voy con mi metro ochenta, vestido y oliendo a detective privado y les pido datos, ¿como turista?  No. Resolví que era mejor la Biblioteca. Uf. Voy y le digo a la muchacha, no, debe ser una vieja con lentes redondos y moño con pelo oscuro y estirado... y le digo que soy un estudiante... buscando salvar un examen de Geografía... Por poco escupo el jugo de paraguas de la carcajada que me vino sin darme cuenta... Miré al encargado, y noté que me observaba entre sorprendido y fastidiado... Lo saludé y volví a mis pensamientos... El café ya debía de estar mareado porque continuaba mecánicamente dándole vueltas en el pocillo. Mientras, recordaba el cuerpo de esa niña, su inocencia (o su perversidad mostrándose inocente), esa historia tan extraña y luego su entusiasmo por contarme de su ciudad, la capital, Montevideo... Era el mismo entusiasmo lleno de nostalgia que había notado en infinidad de personas alejadas del hogar que, más que hablarte a ti  se hablan a sí mismas tratando de retener lo poco que  les queda de imágenes... para no perder la memoria...  Mientras tomaba ya el café frío, me reía entre dientes de sus cuentos de la ciudad... Si me guiara por ella, ese era el lugar ideal para irse a vivir... Todo limpio, sin violencia, todos contentos, país ganadero, playas en casi toda su extensión... Yo mismo había pecado muchas veces al contar a alguna chica pronta para oírme, en medio de una tremenda borrachera, lo bien que había pasado cuando chico en mi hermosa casa con porche, la hamaca, el pueblo, la escuela... Cuando, en realidad... 

Dejé unas monedas sobre el mostrador lustroso, lo suficientemente lejos del hombre  para que tuviera que venir a buscarlas, mientras murmuraba: "muy rico el jugo de paraguas". No puedes con tu genio, Marlowe, me dije, mientras sonreía. Tomé la gabardina del banco fijo de al lado, y me acerqué a la puerta. Afuera estaba todo gris. Parecía, a través de las ventanas, como si el cielo anunciara una lluvia de aquellas. Pero cuando abrí la puerta me golpeó en los ojos la luz del día.  Evidentemente los vidrios merecían una limpieza. Bajé el ala del sombrero y encaminé mis pasos hacia la Biblioteca Pública de la ciudad. Quizás encontrara una bibliotecaria no muy fea que estuviera dispuesta a enseñarme algo de Uruguay, fuera de horario, en mi apartamento con un vaso de whisky  pronto para ayudarla a hablar. Aunque dudé. Sólo en las películas son jóvenes, bonitas y dispuestas.

 

 

TRES

 

 

Debo reconocer que me equivoqué. Debajo de sus gafas de carey, unos ojos tiernos esperaban pacientemente que terminara de llenar una ficha de lo más complicada, para acceder a la información que quería.

-No puedo -le dije, y era verdad.

La bibliotecaria se sonrió, dejó su escritorio y me invitó  a ir a un mueble muy extraño y largo. Estaba lleno de cajoncitos, clasificados alfabéticamente, como los archivos de la policía y los míos (cuando los ordeno) Allí encontró demasiados cartoncitos de publicaciones que tenían referencias sobre Uruguay  y Montevideo.

-Específicamente -me dijo- ¿Qué anda buscando?

Mi mirada estaba ocupada en las caderas hermosas de la muchacha, y la pregunta cayó en un momento incómodo. Se sonrió. 

-Busco... busco... generalidades... Conocer algún dato de ese país...

La joven, intuyendo mis debilidades amorosas, caminó adelante mío hasta su escritorio, moviendo exageradamente sus caderas, se sentó y desabrochó en un descuido, el botón más alto de la blusa. 

Me agaché y le dije, decidido- Soy detective y busco datos para una misión secreta. ¿No puede mostrarme personalmente los datos, fuera de horario, y yo le ofrezco mi colección de jazz y el mejor escocés?

Me miró, se sonrió y me dijo- Tonto-. Se levantó, me invitó a pasar a un salón amplio lleno de mesas y me pidió que esperara. Al rato, una vieja bruja me alcanzó un librito y se fue.

Había sido editado dos años antes, en 1955, traía datos de todo el mundo, y en la página 152 comenzaba lo de Uruguay.

Así me enteré que se llama República Oriental del Uruguay. Que su superficie es de 186.926 kilómetros cuadrados, que su población es de 3.191.000 habitantes y que su capital, Montevideo, está ocupada por 1.363.000 personas.

De esos 3 millones y pico, el 90% es de raza blanca, descendientes en su mayoría de españoles e italianos, y el 10% son mestizos. ¿Y los indios? Ah, decía que los indígenas de Uruguay habían desaparecido (¿se habían ido?) en los comienzos del siglo XIX. País extraño...

Busqué el clima. Templado. En verano, entre 22 y 30 grados, y en invierno, 2 y 13. Lluvias todo el año, más en mayo y octubre.

No tiene montañas grandes ni alturas superiores a los 600 metros... Después venían datos de los ríos, lagos y las islas.

La historia la pasé, no me interesaba, parecía la de México con los españoles conquistando el Poder... Nombraba un héroe nacional, un tal José Gervasio Artigas.

En cuanto al Gobierno es un estado democrático y unitario, con un Consejo Nacional de Gobierno de nueve miembros y un Poder Legislativo, siendo elegidos en votación secreta y obligatoria.

Me sentía como un escolar, tratando de memorizar esos datos. 

La unidad monetaria es el peso, que en ese año estaba  a 2.79 pesos por dólar. Hay monedas de 1, 2, 5, 10, 20 y 50 centavos y 1 peso. Billetes de 0.50, 1, 5, 10, 50, 100 y 500 pesos.

El resto no me interesaba. Traía algunas fotos de playas con mujeres bonitas debajo de sombrillas, algunos monumentos y edificios.

Me acerqué a la bibliotecaria y le susurré que no me alcanzaba lo que me había dado, y que insistía en invitarla al menos con un café a la hora de salida del trabajo.

Me miró, se sonrió y me dijo- Tonto.

 

 

TRES Y MEDIO

 

 

En la esquina de la Biblioteca noté algo extraño. La pelusa de mi nuca me anunciaba peligro. Miré para todos lados pero la gente se mostraba normal como todos los días. El diariero anunciaba los titulares, las mujeres pasaban conversando de cosas tan trascendentes como el vestido de color crema que se había comprado la vecina, los hombres con portafolios y un cigarro en la boca parecían estar hablando pero con ellos mismos; en la pescadería, un italiano miraba transitar la gente diciéndose por qué no entraban... Todo normal. Sin embargo... Miré la hora... Las cinco de la tarde. El sol seguía en el cielo y todavía la noche era apenas una posibilidad. Me apoyé en el frente del edificio y bajando el ala del sombrero, preparé la pipa y me entretuve prendiendo varias veces el tabaco que insistía en apagarse.

Mientras tanto podía observar alrededor buscando algo raro. Pero nada estaba fuera de lugar. Hasta que lo vi. Era un perro de caza como yo. Gabardina, sombrero, leyendo el diario como distraído mientras un muchacho le cepillaba por enésima vez el zapato izquierdo.

Estaba enfrente, en uno de esos bancos largos y altos en los que te sientas y te los dejan relucientes. A su lado, otro grandulón hacía que dormía, esperando a su amigo. Crucé  lentamente y me fui a la parada de ómnibus que quedaba oculta a la mirada de ellos. Los hombres, a los que veía por el reflejo de una vidriera, saltaron inmediatamente y corrieron hacia donde yo estaba. Rápidamente me escondí  y disfruté de la confusión que les ganó.  Y ya que estaba, aproveché a salir por una callejuela a la avenida del otro lado, y de allí a mi escritorio.

 

 

CUATRO

 

Ana María regresó a mi despacho una semana después. Yo había ordenado todo, tenía café pronto, y los pelos por fin, los había podido dominar.

Cuando golpeó, mi corazón comenzó a latir más aceleradamente.

Esta vez, una pollera muy ancha y ajustadísima en la cintura, blanca con redondeles rojos, tapaba las piernas desde las rodillas hacia arriba.

Unos zapatos de taco bajo, con una moña de adorno, encerraban esos pies que debían ser hermosos.

El sombrero era también amplio, en tanto, la blusa blanca le marcaba cruelmente los senos.

-Señor Marlowe- me dijo en tono de confidencia- ¿Cuándo se va?

Yo no supe qué contestar. Si bien la paga era excelente y parecían vacaciones, dudaba aún de la consistencia de la historia y de mi papel de detective en un país tan lejano y desconocido.

-No  lo sé, señorita...

-Ana María.

-Eh, Ana María... Necesito más datos... Necesito que me cuente más detalles...

-Está bien- dijo- Pregunte...

La respuesta me tomó desprevenido. Lo que quería era pedirle la mano, casarme y olvidarme del mundo, pero ella buscaba otra cosa.

-Me siguieron- le dije distraídamente.

-¿Cómo?

-Lo que escuchó.

-¿Pero...? No puede ser... Usted tiene otros trabajos...

Pobre, pensé, qué inocente. Haciéndome el tonto  (me sale muy bien), le conté la historia, lo de la biblioteca, la pared, el banco con los dos tipos, aunque me abstuve de decirle de las caderas de la bibliotecaria. No venía al caso.

-Lo... Lo lamento, señor Marlowe... No sé qué decirle... Me asusta... Pensé que aquí estaba segura...

-Lo está- me apresuré a calmarla- Si es necesario hablamos con mi amigo Nick de la policía, o se viene para acá y yo...- me contuve. Empezaba a decir estupideces. -¿Quiénes son?

Ella estaba  perturbada- Eh, no lo sé... ¿Les vio las caras?

-De pocos amigos. Matones contratados.

-¿No tiene miedo?- me dijo y estirando las manos por encima del escritorio, se aferró a un brazo mío. Me lo hubiera cortado y se lo hubiera regalado. -No, no, señorita... Ni son los más grandes, ni los más tenebrosos que he visto...

 

 

(continúa)

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