Había un pueblito del sur de Colombia donde los habitantes estaban muertos de hambre.

La religión católica, con el cura rechoncho los atosigaba a comer santos. Don Edelmiro (no sé el apellido) que vivía en una callejuela, atrás de la catedral tuvo la idea peregrina de ofrecer algo distinto a los turistas. Todo empezó como un chiste pero comenzó a circular la oferta y una empresa de turismo fue llevando a la vieja casucha de barro a gente que venía de lugares remotos como Japón, Suecia, Estados Unidos... La oferta era vender orgasmos. Tenía varias tarifas: La más barata consistía en ponerlos en tandas de 10 en una habitación a oscuras, sentados incómodamente en sillas que se venían al piso ante el mínimo movimiento mientras su mujer, desde un viejo grabador a cinta recitaba supuestos orgasmos. La tarifa mediana incluía una copa de licor, las mismas sillas pero con luz y la voz verdadera y presente de la doña, oculta por una infame cortina. La más cara ya era algo especial. Les hacía pasar a una pieza que había construido al fondo de la casa donde tenía dispuestas otras diez sillas, pero estas en excelente estado. Incluso con un hermoso almohadón. La luz casi no existía y debían buscar los asientos en la oscuridad. Pedía a las mujeres turistas que fueran sin o se sacaran sus bombachas y todos, nerviosos, se sentaban y esperaban. Entonces, Don Edelmiro pasaba por cada silla, prendía un botoncito y el almohadón comenzaba a vibrar mientras su mujer, iniciaba una sesión supuestamente orgásmica. Al cabo de los minutos pocas eran esas extranjeras que se resistían al goce del roce de sus partes más íntimas con ese almohadón que iba y venía. Los hombres se ponían muy nerviosos pero no salían de sus asientos. Quizás algunos buscaban con sus manos esas partes íntimas de las aullantes féminas, otros buscaban sus propias partes. La sesión duraba sí o sí veinte minutos. Se permitía un descanso reparatorio de cinco minutos antes de sacarlos de apuro y llevarlos hasta el ómnibus que esperaba afuera, claro, previo pago de lo acordado.

Los restantes cinco minutos eran para preparar todo para la siguiente sesión que podía ser de cualquiera de las tres tarifas.

Se dice que el cura muchas veces visitaba el lugar después de la misa, tratando de entender cuál era la voz divina que parecía llegarle por entre sus piernas desnudas.

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