Esa noche escribió por fin su teoría que dio vuelta el mundo, y aun hoy sigue siendo discutida por filósofos con sus alumnos, por matemáticos que formulan intrincadas combinaciones de números y por los borrachos que ven más allá que los demás

 

SOBRE LA TEORÍA DE KÖRWING

 

Thomas Körwing fue un gran matemático que vivió toda su vida en un pueblito cercano a la ciudad de Estocolmo, a pesar de que sus colegas, maravillados por sus cálculos exactos le pedían insistentemente que se trasladara a la capital.

Él prefería su botella de cognac que le traía cada tanto su sobrino, Hulbrich, de los barcos que visitaba asiduamente, ya que ejercía como ayudante de despachante de aduanas

A Körwing se le conoce básicamente por su excelente teoría sobre la relatividad de la relatividad, un desafío que el propio Eistein, ya en sus últimos años de su vida, asumió como propio pero que, lamentablemente no dejó ningún manuscrito que lo avalare.

Apasionado de la música clásica, escuchaba con fruición una y otra vez determinados actos de óperas wagnerianas e imaginaba a los personajes que en ellas se movían, en las cercanías de su casa. Disfrutaba con los dioses entrando y saliendo de su hogar, peleando en la recámara, los viejos cantores bebiendo cerveza en la cocina mientras él saltaba en un sartén, un salmón.

Ahí comenzó a elaborar la famosa teoría que posteriormente llevaría su nombre.

Una noche, mientras veía cómo Thor se sentaba cansado en la silla de madera, frente a la heladera y miraba furibundo la puerta esperando entrar a alguien que nadie sabía quién podía ser, Thomas  quiso entrar en esa historia, pero se dio cuenta que no podía.

“¿Por qué?” se preguntó mientras la ceniza del habano caía sobre la alfombra. Lo que nunca, esta vez llamó a Thor buscando que lo integrara a eso tan novelesco que estaba ocurriendo en su propia casa, pero el dios no se dio por enterado.  Eso fastidió mucho a Körwing que lo amenazó a viva a voz con hacerlo desaparecer en ese instante. 

Fue entonces que el dios, sorprendido, dio un salto y quedó parado frente a él. Pero sin verlo.

Los dos permanecieron juntos, mirándose a los ojos, con la diferencia que el único que veía era el matemático.

El otro parecía observar  el horizonte, a tal punto que cuando la puerta se abrió sacó su clásico martillo y salió despavorido, algo impropio de un dios.

El hombre quedó dudando… Todo es relativo, se dijo. Todo es relativo. Él estaba acá. Y yo junto a él. Sin embargo, él no estaba aquí. Aunque se encontrara frente a mí. La puerta también la sentí yo, abrir. Ambos miramos hacia ese lado, pero Thor tuvo el reflejo de huir, quizás de algo que no podía entender.

Aunque es relativo que así fuera, por tanto, a la relatividad de nuestro encuentro que quizás nunca se dio, se debía sumar el gesto extrañado del dios que se levantó y se puso cara a cara conmigo, quizás en otra dimensión, quizás solo dentro mío, pero que reaccionó como yo ante el sonido real de la puerta, la cual atravesó rápidamente.

Todo es relativo, sentenció, hasta la propia relatividad y tomó el resto del cognac de su sobrino.

Esa noche escribió por fin su teoría que dio vuelta el mundo, y aun hoy sigue siendo discutida por filósofos con sus alumnos, por matemáticos que formulan intrincadas combinaciones de números y por los borrachos que ven más allá que los demás

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