El valor de la narración oral en la Historia y en las historias...

 

 

El filme de Guillermo Casanova, “El viaje hacia el mar”, precedido por otro, argentino, llamado “Historias Mínimas” me ha llevado a reflexionar positivamente  sobre hechos que están ocurriendo.

¿A qué me refiero? 

A que hay actualmente, ante tanta crisis no solo económica sino también  de valores, un deseo de recuperar, de rescatar justamente lo cotidiano, contarlo, para que luego permanezca en el acervo de todos, permitiendo el trabajar sobre una identidad común. Pero también, el volver a invertir las cosas poniéndolas en su lugar. Es decir, frente al desborde indiscriminado de violencia, de insulto, de pérdida de valores en los medios de comunicación masivos que no marcan la realidad nuestra de todos los días, al acentuar solamente y parcialmente lo negativo del ser humano, el ir al rescate de las historias personales, pequeñas, mínimas, anónimas para la mayoría de la gente, nos aproxima a lo que realmente importa, al rescate de lo cotidiano.

 

En el cine, por ejemplo, puede observarse el arte de saber contar. 

Por eso es tan importante el guionista, porque más allá del nervio que imprima el actor o el director, la historia debe fluir ya desde el argumento para que los espectadores disfrutemos de su devenir.

 

Pero esto no solo es patrimonio del cine ni de esta época. La narración oral es la forma más antigua de trasmitir a las nuevas generaciones, de sostener en el tiempo la ideología de las familias, de los grupos, de los pueblos.

Es dable pensar que en la misma prehistoria, antes de la escritura, sentados alrededor del fuego nuestros antecesores se contaran las historias de lo que les ocurría, sus miedos, sus alegrías, sus proyectos.

En el Crimen de Cuenca al comienzo y al final hay un cuentero (pregonero) que en una plaza, cuenta al pueblo, con la ayuda de un enorme cartel dibujado a modo de historieta paso a paso lo sucedido. Esos individuos fueron y son según las épocas aedos o poetas, pregoneros, juglares, cuenteros, narradores orales que cumplían y cumplen una función pública, pero también están los otros, mejor dicho, estamos nosotros que lo hacemos en el interior de nuestras casas, o en nuestros trabajos, o donde sea. Los parientes que contamos a la hora de dormir un cuento a los niños, el timador que le hace el cuento del tío a una desprevenida o muy ambiciosa víctima,  y los otros, los contadores (de dinero), los abogados, los políticos, los cantantes....

¿Se acuerdan del poema de León Felipe, “Sé todos los cuentos”?

Quizás otro es más crudo aún.

Se llama “No me contéis más cuentos”

Ya se han contado todos.

Todos se han dicho y se han escrito. 

Y todos se han ovillado y archivado.

Los ha contado el viejo patriarca, 

 

 

Los han contado el coro y la nodriza,

Los ha dicho un idiota, lleno de estrépito y de furia

Se han grabado en la ventana y en la rueda

Y se han guardado en cajas fuertes las matrices.

Hay réplicas exactas de todas las tragedias,

Discos fonográficos de todos los naufragios.

Ningún cuento se ha perdido. Estad tranquilos.

Se sabe que el poema es una crónica,

Que la crónica es un mito,

La Historia una serpiente que se muerde la fábula

Y el poeta doméstico el cronista del Rey, el Arzobispo

el narrador de cuentos.

Todos se han registrado. 

Y todos están vivos todavía. Ahí pasa el pregonero

“¡Cuentos!... ¡Cuentos!... ¡Cuentos!...” 

Es aquel viejo narrador de sombras y de risas

Que ahora pregona cuentos.

Pero yo no quiero cuentos...

No me contéis más cuentos”

(León Felipe  México, entre 1941 y 1944)

 

Es que es  innato en el hombre el contar. 

 

 

 

La narración oral ha sido la primera forma de transmisión de ideas. Desde los primeros hombres sentados alrededor del fuego, o pasándose datos importantes, el contar es algo que para la Humanidad es uno de sus rasgos más distintivos.

Y en este proceso hay dos puntas, el que narra, y el que escucha (que puede ser uno o varios)

Entre ambos debe establecerse una empatía, una compinchería, un acto de seducción para que permita al receptor hacerse de los contenidos que el otro le trae.

El narrador es el que le trae la novedad, lo desconocido, o reafirma lo ya conocido, es el que nos cuenta algo que no conocemos, nos novela lo que ocurrió y que él vio o escuchó, nos acerca a lo que cuenta, nos introduce en su versión, nos envuelve en la brisa, o en el infierno, o en la pasión o el miedo, nos lleva hacia terrenos que él dice conocer y nosotros, no. Nos habla de monstruos, de héroes, de calles extrañas, de animales mitológicos, de frases famosas que nadie pronunció, nos cuenta de malvados, de príncipes, de reyes, de abuelas, de nietos, de ratones y elefantes, de planetas y cometas, nos seduce con los colores, los sonidos, los gritos de los desesperados y los alegres, nos habla de triunfos y fracasos, de una viejita que barre con su escoba, de niños que se aventuran en una casa abandonada, de un príncipe que desoyendo a sus padres escapa buscando su futuro, de una mujer que maltratada por su esposo huye y trata de encontrar un final distinto a su historia, de 

 

 

serpientes venenosas, y tigres agazapados, de gobernantes corruptos, de dioses que se comportan como humanos, y de humanos que se comportan como dioses, de traficantes inescrupulosos, de hombres que sueñan y buscan cumplir esos sueños en la realidad, de enfermos que se recuperan, de aquellos que mueren, nos hablan de venganzas, amores, envidias, enojos, de la vida, de la muerte... En fin, los cuenteros nos hablan de un mundo que aparentemente no conocemos, y que en definitiva, descubrimos, es el mismo que habitamos, pero enriquecido con la magia del contar.

 

En ese tránsito el cuentero (y ahí incluyo desde el guionista al pintor, del poeta al cantante, del padre que le cuenta a su hija “Caperucita Roja” al acostarse, al sacerdote que habla de su dios), en ese tránsito, decía, el cuentero debe saber contar la historia. Darle las pausas necesarias, los suspensos, los matices, no incluir más personajes de los necesarios, ni tampoco detalles que complicarían su entendimiento, tiene que manejar como un mago los tiempos y rematar su relato con un final que impacte y perdure en la memoria del que escucha.

Y si ustedes buscan en su memoria, aparecerán las buenas historias que un día algunos les contaron. 

Pero nunca debe olvidarse que esa es la forma, ese es el señuelo para que el oyente se acerque y se mantenga atento. Nunca debe olvidarse que su cuento debe tener sustancia, debe tener contenido, debe tener un mensaje o lo lúdico de jugar.

Nunca debe olvidarse que fondo y figura, forma y contenido son la combinación exacta para que la levadura genere el pan.

Si falta alguna de ellas, si no se sabe narrar, o no tiene nada más que cáscara, pronto se sentirá el olor a la trampa, a la mentira. 

Todos podemos narrar. 

 

Y como de eso se trata, me voy a sacar el gusto de narrarles un pequeño cuento mío que comienza así: 

Lin Yu caminaba esa mañana por el bosque de juncos buscando mariposas para llevar a su amada. Una telita con forma de cono, sostenida por una larga madera era el arma que Lin Yu llevaba para lograr su objetivo.

Pero esa mañana, curiosamente, ninguna mariposa se mostraba en su camino.

Cuando Lin Yu se cansó de buscar, se sentó en un árbol caído y esperó agitado a una señal que le indicara el paso de una de sus perseguidas.

 

Un aire fuerte, como un soplido, rozó su oído derecho. Se dio vuelta y encontró una mariposa extraordinaria. Era del tamaño de todas, 

 

 

 

quizás un poco más grande, pero tenía forma de mujer. Sus cabellos negros como el carbón volaban con el viento, enormes 

 

senos subían y bajaban, hermosas piernas se sostenían en el aire, los brazos delgados hacían maravillas mientras un rostro tierno, con ojos soñadores y unos labios carnosos le observaban, parecía, divertidos.

 

Lin Yu impulsivamente apoyó firmemente su mano en la vara y quiso llevar la trampa hacia donde estaba su presa, pero algo lo detuvo. Pensó que podía lastimar las alas de una mujer mariposa tan hermosa como la que tenía enfrente.

 

Ese ser tan hermoso, tan seductor, le hizo gestos de reprobación con sus ojos y le pidió con las manos que se acercara, porque quería decirle algo.

Lin Yu no creía lo que estaba viviendo. Lentamente, y con mucho recelo fue hacia ese cuerpecito tan tierno que tenía enfrente y casi apoyó su oído en el rostro de la mariposa.

 

“Hola”, le dijo esta. “Hola”, le dijo él.

 

Esa mariposa se apoyó cálidamente en los pómulos de Lin Yu, rozó su terso cuerpecito en los labios asombrados del joven, se alejó muy poco haciéndole cosquillas con las alas, le sonrió seductoramente, abrió su boca y se lo comió.

 

Cuando vayas al bosque de juncos de la China, ten cuidado con la princesa de las mariposas, su plato favorito son los hombres.

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