El cine de Hollywood se mueve en función de la taquilla, eso es real. Más que arte, por algo colocan en sus productos “esto es entretenimiento”
Y de esa forma, la boletería convoca para se realicen películas de determinada tendencia, según vayan los intereses del público.
Psic. Andrés Caro Berta
Miembro de la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay / Fipresci
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El cine de Hollywood se mueve en función de la taquilla, eso es real. Más que arte, por algo colocan en sus productos “esto es entretenimiento”
Y de esa forma, la boletería convoca para se realicen películas de determinada tendencia, según vayan los intereses del público.
Sumado a esto, la política tampoco está ajena a sus producciones.
Luego de la Era Bush, donde el cine glorificaba lo militar, el heroísmo de los muchachos norteamericanos en Irak, o contra los extraterrestres o los monos, no importaba el enemigo (Hasta Uruguay estuvo entre los malos en la insólita Alerta total, (SUBMERGED, en inglés) con Steven Seagal luchando en la represa de Salto Grande, bautizada Salto Bravo, o contra tirolesas pastoras traicioneras en medio de pirámides mayas en nuestro territorio)
La aparición de Obama inicialmente permitió un giro en las temáticas y por poco tiempo, el cine llamado independiente ocupó más espacio en las carteleras, donde las historias iban hacia lo íntimo, lo cotidiano, las historias de todos los días.
Sin embargo, desde hace un tiempo a esta parte, los halcones norteamericanos están rodeando al presidente de Estados Unidos, y vuelven los tambores de guerra a resonar en el celuloide.
Así, esta película llamada Objetivo; La Casa Blanca (Olympus Has Fallen) del 2013 trae nuevamente la paranoia para asustar a los espectadores de ese país ante un posible ataque, nada menos que a la Casa de Gobierno.
El filme es un cúmulo de disparates, uno atrás del otro, pero aquí eso no importa, lo que sí pretende es asustar al ciudadano común y (como siempre) darle muestras de que Estados Unidos fue, es y será el principal país del planeta, y nada ni nadie, por más poderoso que sea, podrá destruirlo.
Para demostrar tal afirmación se vale de un atentado mayúsculo, donde lo de las torres gemelas (suponiendo que fue obra de terroristas) es una tontería al lado de esta anécdota.
La cosa es así. El presidente Asher (Aaron Eckhart) está tiernamente preparando una fiesta importante a la que debe asistir junto a su hijo y su esposa. No muy convencidos, en medio de la Noche Buena, se engalanan y parten de Camp David en una caravana por una carretera llena de nieve, pero algo choca contra uno de los autos (nunca se aclara qué fue) y se produce el caos total, muriendo la Primera Dama.
Tiempo después, el agente secreto Mike Baning (Gerad Butler) lo encontramos en un trabajo burocrático en el Departamento del Tesoro, porque el Presidente enojado porque no salvó en su momento a su mujer, no lo quiere ni ver.
Como el enemigo número uno en la actualidad es Corea del Norte, aparece el pedido de autoridades de la Corea del Sur, para hablar con el mandatario y juntos hacer frente a una serie de amenazas que vienen de ese país norteño de la península asiática.
Cuando llega la delegación, ingresan todos a la Casa Blanca, empiezan a hablar y de pronto, todos los coreanos, menos el principal se transforman en terroristas y matan a todos los que pueden, a su vez, comandos externos ingresan a la casa de gobierno y la copan.
Primera incongruencia que parece no importarles mucho a los guionistas. No hubo ningún control de identidad de los visitantes; el ministro asiático no sabía con quienes venía, según parece; el aparataje militar que rodeado al mandatario norteamericano jamás se percató de nada de lo que podía ocurrir.
El líder de la banda, Kang (Rick Yune) con una bella coreana como lugarteniente cibernético y un grupo reducido de colaboradores toma prisionero a Asher y parte de su equipo a la búsqueda de conocer las claves para disparar las bombas atómicas.
Segunda incongruencia. Si explotan estas, desaparece el mundo, incluido el agresor, pero en fin, son detalles mínimos.
La Corea del Norte jura que no tuvo anda que ver con ello, lo cual parece que es un alivio.
Entonces, convocan al Secretario (Morgan Freeman) para actuar como Presidente Provisorio y, aparece el héroe solitario norteamericano, típico de la cultura de ese país, en este caso el olvidado ex agente secreto Mike Baning que, para regocijo de todos los espectadores de ese país, se lleva todos los galardones atacando, matando y liquidando esa molesta célula terrorista que no se sabe aún qué intenciones reales tenía con tremendo objetivo.
Toda la película es como un noticiero minuto a minuto de la invasión hasta la liberación de los rehenes, en casi veinticuatro horas de angustia e incertidumbre.
Si uno la toma como un mero entretenimiento, tiene que reconocer virtudes. Por ejemplo, que más allá del absurdo (el más grande, el que Mike Baning, solo, pueda con todo el comando, pertrechados hasta los dientes y con apoyo logístico del exterior y buen dominio de la computación), decía, más allá de esta tontería, está muy bien narrada, no tiene puntos flacos y sostiene la atención del espectador hasta el último momento.
Los efectos son muy buenos, los golpes bajos (la destrucción de la Casa Blanca) son bien recreados digitalmente, los actores saben lo que hacen y el director Antoine Fuqua y equipo técnico hacen muy bien sus labores.
Pero lo esencial es lo verdaderamente terrible. El retorno de la paranoia norteamericana. El miedo a que las cosas se vuelvan en su contra, y la nación sea destruida por aquellos que odian a Norteamérica
Es una excepte forma de aleccionar al público de un ataque que se muestra como posible, y por tanto que debe ser prevenido con más medidas represivas sobre la propia población.
Es un cine político, propagandístico (qué grande que es Estados Unidos que nadie puede con él. ¿Por qué? Porque, dice el presidente luego de ser liberado “Dios bendice a esta Nación”); pero además lo hace a través de un género de aventuras, que sostiene un ritmo avasallante para contar su historia.
